El sol lucia esplendoroso en el valle, jamás había existido una mañana como la que se acontecía, si el paraíso del cielo existiera seria parecido a aquella bonita escena. Junto al riachuelo descansaba un sauce joven muy frondoso, sus hojas ligeramente humedecidas brillaban como si de pequeños espejos se trataran, era realmente bello...
El sauce se alzaba ligeramente en dirección a la ladera más cercana donde reinaba una gran roca con forma puntiaguda, cada otoño el sauce se desnudaba ante la mirada de aquella roca tan curiosamente erguida, piedra insensible que jamás se movía un centímetro ni con las ventiscas más huracanadas ni con las fuertes nevadas del frío invierno...
Cada año al llegar la primavera el sauce se vestía con su vestido nuevo mostrándolo a todo el valle el cual florecía a sus pies, invitando a todos los seres vivos a convivir con la armonía del lugar, no había nada que llamara más la atención que aquella bonita estampa de aquel vivo color verde y aquel señorial y poderoso tronco, la roca en cambio, tan solo seguía ahí, donde siempre, como cada momento del día, como cada estación del año...
Llegaron tiempos húmedos, largas temporadas de lluvias torrenciales, longevas jornadas de agua y granizo azotaban el valle y aquel bonito escenario de vida cambiaba su color imitando al intimidatorio gris oscuro del cielo.
El sauce joven y fuerte, mostraba su batalla continua contra las adversidades, su tronco cada vez era más poderoso, sus ramas más anchas... Cada vez que el viento soplaba en el valle se podían escuchar los rumiares de aquel coloso, como si aquello fuera a cobrar vida.
La roca lo divisaba con gran templanza, sabia que siempre iba a estar ahí junto al maravilloso árbol, vigilándolo cada amanecer, viéndolo dormir al anochecer, nunca iba a cambiar nada para aquel pedrusco ni la naturaleza le obligará jamás a cambiar su piel ni a reforzar sus puntos de apoyo sobre los que yacía, nada presagiaba que el destino fuera a cambiar algo.
Por fin llegó el verano de nuevo al valle, se escuchaba el piar de los pajarillos, el zumbido de las abejas, el susurrar del riachuelo...
Allí seguían aquel peñasco y aquel frondoso árbol, frente a frente, intentando susurrarse, comunicarse a través del viento...
El sauce como cada verano permanecía repleto de hojas y ramas, donde varias familias de jilgueros hacían de el su nuevo hogar, aquellos pajarillos eran cobijados por sus hojas y evitaban así ser vistos por las voraces rapaces. Una de las más comunes y conocida por todos, el águila real, merodeaba continuamente por el valle en busca de comida para sus crías. Todos permanecían atentos a aquellos momentos de supervivencia que todo ser vivo debe afrontar, cazar para comer, comer para subsistir, incluso el gran árbol o la impasible roca eran protagonistas de aquel ritual...
Una gran águila, ha cazado hoy en el valle y podrá dar de comer a sus pequeños aguiluchos, la presa esta vez una de las liebres que habitan en el lugar y que ya no tiene escapatoria alguna, como toda rapaz, antes de disfrutar del manjar debe de rematar por completo al animal, sobrevuela los escollos de la ladera y lanzándose en picado deja caer la presa hacia los pedruscos, recibiendo esta un fuerte golpe que tritura por completo junto a sus huesos la poca vida que le pudiera quedar, la roca que siempre estuvo inmovible, a la que nunca le afectó todo aquello que ocurría a su alrededor, comenzó a tambalearse como cual bolo tras un buen golpe, tal colisión hizo desequilibrar el peso de aquella piedra que fuera de sí perdía todo apoyo, impactando duramente contra el suelo partiéndola en dos.
Nada había cambiado en el valle aquella mañana, tan solo el destino.
¿Y vosotros? ¿Sois roca o sois sauce?
Sacad vuestras propias conclusiones, suerte amigos.
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2 comentarios:
¿Puedo ser la presa que se estampa contra la roca y muere?
Creo que es la más beneficiada tras abandonar esta vida de mierda :)
jajajaja no es mala tu elección xD
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